En este preciso instante una maqueta de cartón para muñecos reales se levanta alrededor de Dubai: 7 islas artificiales con una infraestructura hotelera lujosa, bancos, paraísos fiscales y turismo de elite inventada en el agua, construida con mano de obra india y paquistaní. Hombres reales convocados por el gobierno que trabajan como esclavos literalmente; y que, luego de un ciclo, recuperan sus documentos confiscados y son expulsados del país bajo amenaza de apresamiento por inmigración ilegal. Ahora mismo la minería y el hambre de oro derriten la nieve sempiterna del Famatina, mientras las asambleas trabajan y su trabajo nos resuena en medio de nuestra alienación cotidiana por el mango, la huida vertiginosa de la frustración que brota incansable de la cosmogonía de nuestra cultura, como algo que ocurre en otra parte. Ahora mismo todo el este boliviano desprecia la presidencia plebiscitada y vuelta a plebiscitar de un aborigen cocalero; o hace apenas una veintena de meses que la derecha italiana se paró en la Piazza de Venecia para festejar con el saludo al Duce el ascenso al poder de Berlusconi.
Ahora mismo venimos escuchando repetidamente que “Obama es el primer presidente negro de los EEUU”, mientras nosotros más bien pensamos -ahora mismo- que es más acertado decir: “Obama es negro, pero sobre todo es el presidente de los EEUU”.
La disquisición, aunque no parezca, es un guiño al propio Obama: le repetimos, “tu condición física no te determina, antes que negro sos un hombre, negro”, pero nosotros ya sabemos cómo son los hombres que gobiernan los Estados Unidos.
En este preciso instante….
Y la idea no es presentarte realidades más ajustadas con la realidad: relatos respaldados en nuestra ética profesional, en la objetividad periodística. No hacemos periodismo independiente, porque eso es algo que no existe aunque no dependas de nadie: la comunicación está ahí, la tomamos y la filtramos, tiene ruidos, interferencias y malas interpretaciones por defecto, no por error. Es el lenguaje que llega apenas hasta ahí.
No somos objetivos porque somos seres subjetivos, y renegamos de la pretensión preliminar de objetividad de la ciencia, de las profesiones, los saberes en general, porque suelen negar la espontaneidad, la creatividad, la posibilidad de error, la certeza de que el juego es algo serio. Porque más bien -nos parece- la objetividad es una verdad de perogrullo.
No es que creamos desde PME que la versión de la realidad de González Oro, Susana Giménez, Neustadt, o Mariano Grondona sea creativa antes que tendenciosa y de extrema derecha.
Sólo estamos seguros de que cualquier comunicación emana primero de seres sensibles, y que los discursos se construyen más allá de quienes los enuncian. Si hacemos un trabajo muy bien documentado, con declaraciones y testimonios, rigurosos en su investigación, en la selección de las fuentes, en su enfoque, sobre la gestión de nuestros recursos naturales para que te quedes con la desazón de que todo está digitado por hombres poderosos que deciden el destino de tus hijos, por más objetivos, profesionales y comprometidos que seamos la construcción va a ser cero. Si le echamos la culpa a alguien, ese alguien se va a quedar pensando en su culpa y no en su responsabilidad. Va a pensar en nuestro tono, en la flexión de nuestra voz o en nuestros gestos ampulosos, antes que en aquello que le estamos diciendo. Por eso además de la verdad de perogrullo de nuestra verdad, de nuestro compromiso por escuchar todas las campanas posibles, de escuchar, queremos apelar a otra cosa: “no decimos sé realista, pide lo imposible”. Más bien precisamos: “sé posible, que esa es tu realidad”.
¿cuál es la mejor manera de que una gota de agua no desparezca? Tirándola al mar, dicen algunos. A nosotros nos parece bien. Y acá estamos. Nos tiramos a este mar de la radio: y en el mar los peces se comen, tienen frío, duermen y rebuznan, pero también nadan juntos, desovan, hacen cabriolas, migran, copulan o les parece mejor.